Esa tarde -otro viernes sin carta- la gente había despertado. El coronel se acordó de otra época. Se vio a sí mismo con su mujer y su hijo asistiendo bajo el paraguas a un espectáculo que no fue interrumpido a pesar de la lluvia.*
Como cada día se sentó en su banco de la estación a esperar que la historia se apeara del siguiente tren. Aguerrido a las últimas palabras de esperanza, el coronel, vivía por sus compañeros, por su mujer aquella vida que todos habrían querido tener.
*Fragmento del "Coronel no tiene quien le escriba" de Gabriel García Márquez
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